Había una vez en el Olimpo...

Juego de roles basado en los personajes de la mitología grecolatina con fines didácticos, en el marco de la clase de Lengua y Literatura
 
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 Una tarde entre nubes (Apolo, Zeus y Atenea)

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Laojosdelechuza

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Fecha de inscripción : 18/10/2017
Localización : Olimpo

MensajeTema: Una tarde entre nubes (Apolo, Zeus y Atenea)   Jue Oct 26, 2017 4:08 am

Like a Star @ heaven Una tarde entre nubes Like a Star @ heaven

Hace mucho tiempo, tanto tiempo que no logro acordarme cuando fue exactamente, entre las nubes que rodean el monte Olimpo, se encontraba el joven Apolo recostado riendo para si mismo. Entre sus manos sujetaba un curioso objeto, un espejo que su amiga diosa Afrodita le había regalado especialmente a él.

- En definitiva, tengo que agradecerle a Afrodita este regalo – acariciando el espejo – puedo ver en el a todos los hermosos jóvenes que habitan la tierra, especialmente al guapo de Jacinto.

Lo que el joven Apolo desconocía era que, desde hace un rato, de no muy lejos de ahí, Atenea lo observaba ceñuda y confundida ante conducta risueña tan extraña.  La diosa ojos de lechuza decidió acercarse y corregir la conducta que ante su visión era inapropiada.

- ¿Qué haces ahí acostado perdiendo el tiempo? ¿Acaso se te han pegado las malas costumbres de Narciso? -retó a Apolo chasqueando la lengua- Ni que fueras la mitad de hermoso que ese muchacho.
- No me estoy mirando en el espejo para que sepas, estoy mirando otras cosas... -contestó el dios intentando compartir una mirada coqueta y cómplice con Atenea.
- No entiendo a lo que te refieres -dijo la diosa alzando una ceja- ¿Qué podría reflejar tu espejo que no seas tú mismo? – la conversación entre ambos dioses de pronto se vio interrumpida por una voz que ambos conocían muy bien; potente e intensa como un trueno, la voz de Zeus resonó a sus espaldas.
- Aaaay Apolito Apolito... no pierdas el tiempo con Atenea. Sabes bien que ella jamás entiende las indirectas.

Y en eso Zeus tenía mucha razón. La diosa quedo atónita; confundida aun por las palabras de Apolo su shock aumentó al ver a su padre alejado de los aposentos que compartía con Hera, su pseudo madrastra con la que mantenía una pésima relación -sobre todo después del asunto de la manzana de Eris y el juicio de París.

- ¿¡Zeus!? ¿Pero qué haces acá? -exclamó sorprendida al salir de su estado de shock- ¿no se supone que estarías en tus aposentos junto a Hera? -un escalofrío recorrió la espalda de la diosa guerrera al imaginar la ira de Hera- No quiero ni pensar en cómo se va a poner cuando sepa que saliste a hacer de las tuyas de nuevo… -una risa estruendosa y socarrona cortó el sermón que Atenea estaba preparando para su padre.
- Qué importa que salga a hacer de las suyas... la vida es para disfrutarla, no para estar atados a una carne -declaró Apolo fingiendo un tosido- Y para aclararte la película Atenea, estaba mirando lo bellos que son los jovencitos que hacen deporte -la actitud socarrona del dios cambio de un segundo a otro a una de enamorado devoto al visualizarse en el espejo la imagen de cierto joven príncipe- ¡Ay Jacinto!...

Así es, pese a que el regalo de Afrodita permitía a Apolo observar a cuanto joven terrestre quisiese, el dios ya tenía su vista posada en el joven espartano Jacinto, cuya belleza se decía había sido heredada de su madre, la musa Clío. Múltiples eran los pretendientes que lo cortejaban, pero Apolo sabía que de entre todos Jacinto le era devoto solo a él, y eso hacía que la pasión despertara aún más en su cuerpo de deidad. Pronto sus fantasías fueron aterrizadas a las nubes cuando incómodo Zeus tomó la palabra.

- Bueno, creo que Hera ya lo supo. Ese tonto de Hermes "El sanguchito de palta", le contó de mis aventuras con Io. Ahora está enojada y me echó de la habitación.... ¡Atenea! Tu eres algo así como una mujer ¿Algún consejo?
 
Si ya había sufrido dos ataques de confusión sin misericordia, el tercero que le estaba propinando Zeus la dejaba a un paso de K.O . Si bien era sabido por toda deidad y criatura que ella, Atenea, nacida del cráneo del todopoderoso Zeus, era la diosa de la sabiduría, no conocía orador, sabio o filósofo que supiese curar el mal del que sufría Zeus: la promiscuidad.

- Ehhh... ¿Por qué sabría yo como solucionar tu problema? No entiendo cuál es la necesidad de ustedes de involucrarse con cuanto dios, diosa o animal entidad se mueva.

Hablar de estos temas con Atenea, sabía Apolo, era como conversar con un pilar de mármol frío, duro y amargado, y eso lo sacaba de quicio. Llevándose ambas manos a la cara en un claro intento de dramatizar el poco trato que tenía la diosa con los asuntos del corazón, se dirigió a la de ojos de lechuza…

- ¡Ay! ¡Qué importa! Tú, Atenea, eres una fooome... No te interesas en nadie... ¡¡¡No sé como puedes andar defendiendo a los hombres fuertes -haciendo un gesto de fuerza-, musculosos -tocándose los músculos- y sin enamorarse!!!- Buscando serenarse apoyo su mano intensamente en su frente- No entiendo nada... en fin, lo que es yo... padre ... queridísimo Zeus... creo que estoy aún enganchado de París, ese pajarón que está enamorado de Helena, tonta lesa desabrida esa también... ¡¡¡y pensar que lo ayude a matar a Aquiles!!! -posicionó ambas manos en su cabeza, como arrancándose los cabellos aumentando el escándalo que estaba armando. De pronto se sereno, y una sonrisa traviesa le cruzó los labios- Tengo una idea brillante padre -un par de risillas llenas de maldad se escaparon de entre sus dientes- debes escribirle un poema a Hera y yo te acompaño con mi lira... – como si la respuesta a todos sus problemas hubiese llegado, los ojos de Zeus resplandecieron de felicidad.
- ¡Oooh, pero qué buena idea! -exclamo pensativo- Le voy a sacar algunos versos a alguno de los humanos. Hay una porción de tierra en la está lleno de poetas ¡Uno levanta una piedra y encuentra un poeta! -en menos de un segundo tomó la forma de un águila, voló lejos y regresó- ¡Miren! Este se los robé a un poeta narigón -preparó la garganta y con voz solemne como si fuera el mismo Homero leyó- “Queridísima Hera, me gusta cuando callas, porque estás como ausente”.

Con un tick en el ojo Atenea observaba a padre e hijo. “Por Cronos... estoy rodeada de idiotas” pensó para sus adentros haciéndole una plegaria a Cronos. Antes de que la locura llegara más lejos entres esos dos, decidió que era el momento para zanjar el tema de una vez por todas.

- Padre, sinceramente pienso que es una pésima estrategia acercarse a Hera con un poema terrestre. Ponte a pensar... ¿dónde vive Io? - ¿Cómo podía ser tan bruto? Hera nunca le creería que había bajado a tierra por ella - Y contestando a tu pregunta Apolo... -agregó Atenea suspirando- la verdad es que no sé lo que es enamorarse ni sentir atracción por alguien, no sé lo que es el amor y nunca he sentido la necesidad de saberlo. Vi el reencuentro de Ulises y Penélope, pero velé únicamente por el regreso a su patria y, piensa, también, que no dudé un solo minuto en golpear a Hefestos en sus reliquias familiares cuando se puso medio cariñoso conmigo ¿Por qué crees que ya no se pasea tanto por aquí eh? En lo personal pienso que no vale mi tiempo... – y no estaba mintiendo. Cuando nació supo de inmediato que dentro de sus virtudes de diosa no había espacio para el amor o la pasión. Eso habría que dejárselo siempre a Afrodita.

Ahí, justo ahí, en las palabras pronunciadas por Atenea hubo algo que hizo que el corazón de Zeus y de Apolo se enternecieran. Algo había en las palabras de la diosa que les generó a ambos una presión en sus corazones llenos de pasión…

Apolo, que no hacía más que un momento que se burlaba fanfarronamente de Atenea, derramaba lágrimas en su honor; hizo que ambos dioses se acercaran y apoyando una mano en el hombro de cada uno, dejó salir con el canto de su lira las emociones que le inflaban el pecho.

- ¡Pobre corazón! ¡no sabes cómo desperdicias tu energía corporal! -de repente, como si una bombilla de 1000000 watts se hubiese prendido en su cabeza, una idea alocada, brillante y sobre todo estúpida le cruzó por cabeza rizada- ¡debieses experimentar! -gritó lleno de emoción- ¡no te rindas! -miró directamente a Atenea y después a las nubes que suaves se deslizaban bajo sus pies. Se agachó y las esparció con su mano haciendo un agujero por el cual se podía observar hacia la tierra- El primer hombre que veas... ¡ay! ¡dale una oportunidad!

Atenea no sabía si reír o llorar ¿Qué tan estúpido podía ser Apolo? Como si estuviera en ella decidir si podía enamorarse. De todas formas, y para darle en el gusto a su pseudo hermanastro observó por el agujero que hábilmente había hecho. Una sonrisa burlona se estampó enorme y brillante en su rostro; era inevitable, tendría que hacerle caso a Apolo y arrojarse en dirección a Jacinto que, sin saber lo que le esperaba, practicaba con las armas en medio de un claro.

- Creo que seguiré tu consejo y lo intentaré, después de todo tú me preguntaste el por qué no me arriesgaba con valientes soldados -sin darle la oportunidad a Apolo de reaccionar, en un movimiento elegante tomó la forma de una lechuza de brillante plumaje y descendió por los cielos en dirección del joven espartano.
- ¡Noooooooooooooo! ¡Jacinto es mío! ¡¡¡Traidora!!! -horrorizado salió detrás de Atenea al ver como por su propia mano había creado un nuevo rival, y más peligroso que Tamiris y Céfiro juntos.

Tanto Apolo y Atenea habían olvidado por completo la existencia de Zeus y el enorme problema en el cual se encontraba metido. Taciturno, se sentó frente al agujero por el cual sus hijos habían desaparecido, y en medio de su soledad se dio cuenta que era el momento de cambiar…

- Solo de nuevo. Creo que ya es hora de sentar cabeza y de enfocarme en Hera ¡Es tan buena diosa! Todavía recuerdo cuando nos conocimos y lo lind... -en medio de sus cavilaciones, una suave, cantarina y dulce voz que venía desde la tierra -¡Zeeeus! ¿Dónde estás? – era el llamado juguetón de Io, que en menos de lo que tarda el kráken en devorar una embarcación, anuló cualquier intento de redención del todopoderoso- ¡Aaay! mamacita...¡allá voy!

FIN
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